Reflexiones de un profesor serbio ante el triunfo de sus estudiantes

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Estas son las palabras, aún calientes, del profesor serbio Dejan Mihailovic, tras la victoria de los estudiantes sobre el régimen de Vucic en Serbia.

Ciudadanos de Serbia,

El día de hoy, 25 de octubre, quedará marcado como una de las fechas más importantes de la historia moderna de nuestro país.

La victoria electoral de la lista estudiantil nos devuelve la fe en el poder de la democracia, en una época en la que los algoritmos, el dinero y las manipulaciones del marketing político determinan el destino de naciones enteras en todos los rincones del mundo.

Nuestra victoria demuestra que la esperanza, la voluntad, el sacrificio y la acción han sido más fuertes que todas las porras, los gases lacrimógenos y el lavado de cerebro mediático.

Quince años de un régimen decadente —formado por delincuentes disfrazados de políticos, que ha vaciado a nuestro país de todo sentido político, lo ha arruinado económicamente y lo ha mutilado moralmente— quedan ahora relegados al lugar que les corresponde: a la oscuridad, al basurero de la historia.

Serbia ya no es propiedad privada de un solo hombre, sino un símbolo de libertad como categoría espacial: nuestra patria colectiva; un espacio que no pertenece a nadie, pero al que todos pertenecemos. Puro e intacto, nos recuerda que, aunque todos venimos de algún lugar, nunca conseguimos —a pesar de todos nuestros esfuerzos— llegar a ninguna parte. Hemos puesto fin al régimen de potentados locales que, con el apoyo explícito o encubierto de Washington, Bruselas y Moscú, instauró —en pleno siglo XXI— un feudalismo político y redes de vasallaje tentaculares, que usaban lodo para echar andar las centrales termoeléctricas y huían constantemente de toda responsabilidad ante el avance devastador del hormigón letal en la estación de trenes de Novi Sad.

La primera batalla está ganada, la segunda aún está por venir: se trata de la reorganización del Estado y de una profunda transformación de la sociedad. Dos años enteros de rebelión nutrida de una cultura de rechazo a la sumisión nos han enseñado que las instituciones no son solo edificios con placas identificativas en la planta baja; sino que encarnan valores y normas cuya preservación y respeto condicionan nuestra convivencia y nuestra supervivencia.

La voluntad política expresada en las urnas ahora toma otros caminos: se adentra en el Parlamento, en los hospitales, en las escuelas, se extiende a las calles y a los estadios, e incluso se cuela en las conversaciones familiares más cotidianas.

En estos días ante nosotros mismos hemos demostrado de qué estamos hechos y qué somos capaces de lograr. Al mismo tiempo, hemos demostrado al mundo que una entidad política informal, en un pequeño país de los Balcanes —a pesar de ser ignorada con una audacia desconcertante por los grandes medios de comunicación internacionales—, era capaz de llevar a cabo una revolución pacífica y llena de sentido. Hemos demostrado que, incluso en la era del capitalismo cognitivo, el papel y el bolígrafo son armas más poderosas que los misiles supersónicos o las inversiones extranjeras depredadoras.

Es innegable que la heterogeneidad ideológica del movimiento estudiantil y la falta de experiencia de la lista estudiantil constituyen circunstancias adversas a la hora de sanear el pantano político de Serbia.

La biología nos recuerda sin cesar que ser estudiante no es una profesión, al tiempo que nos advierte de que nadie vivirá nuestra vida por nosotros.

La sabiduría, la madurez política y la pasión han bastado para poner fin al delirio autoritario de Miloševic a la «fiebre amarilla» del salvajismo neoliberal «demócrata» y, ahora, a esta «plaga progresista» de Vučić; experiencias suficientes para que jamás volvamos a caer atrapados por un largo y oscuro túnel que nos robó décadas de vida en un país secuestrado por una casta política embriagada de poder y avaricia.

Todo ser humano tiene derecho inalienable a soñar. Perdonen mi atrevimiento de compartir con Ustedes un sueño mío reciente. Veo, a largo plazo, cómo esta lista estudiantil se transforma en un partido político estructurado —en forma de movimiento— basado en el principio de la solidaridad, guiado por los ideales de la soberanía frente al exterior y de autonomía colectiva en el interior.

Estudiantes y jóvenes de Serbia, su valor, perseverancia y su noble lucha constituyen el regalo más hermoso que dejaron a mi generación saliente y que ahora en instantes antes de dormirme, contemplando el techo podemos murmurar : «Valió la pena».

Con sus pies magullados y ensangrentados, escribieron una de las páginas más bellas de nuestra historia.

No soy partidario de los discursos melodramáticos; por eso concluiré parafraseando uno de los lemas de vuestros predecesores de 1968. En aquella época, coreaban: «Seamos realistas, pidamos lo imposible»; hoy, sería más adecuado decir: «Seamos realistas, hagamos lo imposible».

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